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COMUNICADO DEL RECTOR |AGOSTO 2018

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"Si no se tiene esa visión de exaltar las humanidades por encima de las capacidades técnicas y a la vocación por encima de la instrucción, seguiremos generando universitarios sin almas preparadas."

Ciudad de México a 1 de agosto de 2018

Estimada comunidad IEE:

En el mes que hoy empieza serán miles de jóvenes los que también iniciarán una carrera universitaria con la ilusión del aprendizaje y la esperanza puesta en encontrar los elementos para desarrollar un ejercicio profesional exitoso.

Y aunque es verdad que la elección de carrera nos encuentra muy jóvenes (regularmente alrededor de los 18 años), también lo es que marca nuestras vidas de manera importante.

Más allá de los exámenes de orientación vocacional que suelen aplicarse durante la educación media, los candidatos eligen (más allá de que logren acceder) de entre las múltiples opciones, por dos razones principalmente: sea por una verdadera vocación, o bien porque la opción elegida les ofrece mayores posibilidades de un éxito económico y social.

El problema de quienes pertenecen al segundo grupo es que aspiran a pasar como relámpagos por las aulas y terminar, a la brevedad, su etapa académica para poseer el título que cambiarán al día siguiente, suponen ellos, por el triunfo social que no llega casi nunca. Para ellos son inútiles el buen maestro, el material abundante, el plan justo de enseñanza; quieren velocidad más que formación, apuestan sólo a estar en la escuela pero no a ser educados, y esperan una formación profesional convertida en mercancía y en trámite para adquirir dominios técnicos que les permitan acceder a mejores puestos de trabajo y mejores sueldos, pero despojados de todo propósito humano. Antes pensábamos en estudiar algo porque nos gustaba, éramos buenos para ello, y/o porque podíamos aportar algo para mejorar el estado de las cosas en la sociedad, hoy parece que todo huele a dinero, incluso en la elección de carrera.

 

La preparación universitaria es, ante todo, problema de vocación y hay que recibirla con gusto y hacerla sentir bienvenida cuando es explícita; lograr que aflore cuando está oculta; fortalecerla cuando es débil. Y sobre la vocación hay que construir una instrucción. De manera que para alcanzar la preparación para una ciencia necesitamos ambas, la vocación y la instrucción, pero si de entre ambas hubiera que elegir una sola, no vacilaríamos en elegir a la vocación.

Una persona instruida puede emplear su inteligencia y sus saberes para hacerse millonario mientras a su lado perecen otros hombres por inanición; creen firmemente que es mejor salvar una cifra antes que a una persona. La vocación en cambio, cuando es genuina, es algo muy parecido al amor, que quiere servir al objeto amado y no quererle para sí, para poseerle; es dar el alma en lo que
hacemos. Valga una afirmación categórica en ese sentido: nada que se cuantifique tiene un fin que colme, porque lo que nos brinda plenitud es inconmensurable.

Tenemos, entonces, una normatividad clara para la instrucción, pero no para la enaltecer las vocaciones, que no siempre van de la mano con el proceso instruccional. Un estudiante aplicado, cumplidor estricto de su deber y por ello respetable, puede estar desprovisto de vocación verdadera, mientras otro, que es desaplicado con los deberes, podría poseer una vocación verdadera, de manera que acaso no cumple con los deberes oficiales, pero cumplirá otros inventados por él; esto es lo esencial: no el cumplimiento, sino la invención del deber en aras de mejorar la ciencia y, claro, a la sociedad. Si no se tiene esa visión de exaltar las humanidades por encima de las capacidades técnicas y a la vocación por encima de la instrucción, seguiremos generando universitarios sin almas preparadas. Y el analfabetismo del alma, ningún diploma lo cura.

 

Salvador Leaños

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