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COMUNICADO DEL RECTOR |MARZO 2019

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"...pero así como Isaac Hernández desafía a la gravedad sobre el escenario, su caso de éxito como persona y bailarín, ha desafiado lo que hacemos o no en la escuela y lo que hacemos o dejamos de hacer en la familia".

Monterrey, Nuevo León a 1 de marzo de 2019

Estimada comunidad IEE:

Se llama Isaac Hernández, es mexicano y es el mejor bailarín de ballet clásico del mundo. Además de llegar a la cima del planeta en una actividad en la que nuestro país nunca había destacado a nivel internacional, vemos en este joven fuera de serie los rasgos de una educación bien cimentada. Prudencia, serenidad, confianza y cultura se aprecian en su carácter además de los saberes técnicos que le han permitido ser el mejor en lo que hace. Pero no sólo él ha sobresalido, pues entre hermanas y hermanos suman diez más que también han alcanzado el éxito en sus actividades artísticas y profesionales en un nivel bastante aceptable.

Este tapatío, que vive actualmente en Londres con su novia, una bailarina de nacionalidad rusa, que cumplirá 29 años el mes entrante, y que es un orgullo nacional, ha llamado poderosamente la atención sobre un tema: ni él ni sus hermanos fueron a la escuela, pues sus padres, Laura Fernández y Héctor Hernández, no estaban de acuerdo con la educación que se impartía ya que limitaba el desarrollo personal y actuaron en consecuencia; diseñaron un plan de estudios con base en la disciplina y enfocado en un propósito para cada uno de sus hijos.

El papá impartía geografía, ciencias sociales, historia, y ballet, entre otras asignaturas, mientras que la mamá se encargaba de matemáticas, español, inglés y música. Sin embargo estudiar en casa no significaba relajarse: llevaban uniforme y cubrían un horario. Podemos imaginarnos que siendo once hermanos no necesitaban más amigos, y cada uno desarrollaba, además de las materias escolares, alguna disciplina artística, así se formaron pintores, bailarines, pianistas, y demás.

 

 

Don Héctor explica que en la educación escolarizada veían imposiciones e influencias de mil formas en su personalidad, de manera que quisieron ser selectivos en qué ofrecerles para que aflorara su verdadera individualidad, sus talentos reales, sin manipulación alguna. Ante el señalamiento que era mantenerlos en una burbuja, aislados de la sociedad, Doña Laura señala que se encargaron de enseñarles realmente cómo era la vida y qué se iban a encontrar afuera de la burbuja.

Contrario a lo que pareciera, no eran un matrimonio con recursos económicos abundantes, antes bien eran limitados. Ambos aportaban al sustento del hogar, él mediante una empresa de construcción y ella a través de un taller de costura, pero destinando todos los días cinco horas para la formación de sus hijos. No pensaron en trabajar de sol a sol para pagarles a sus hijos lo mejor; decidieron dárselos ellos mismos y centrarse en desarrollar a cada uno de los once, lográndolo con creces.

Recuerda Isaac que en su casa no había televisión y que las noches de familia consistían en sentarse en el salón a platicar y a “escuchar a Bach, a Vivaldi…”. Quizá bajo las manipulaciones que señala su papá, hubiera aspirado a ser futbolista o a estudiar la carrera universitaria de moda, pero su verdadera individualidad le movió hacia el ballet clásico, algo quizá impensable en el esquema social normal. Obedeció a su talento y a sus aspiraciones verdaderamente personales. Y es el mejor del mundo.

El caso resulta por demás aleccionador: para el sistema educativo que no alcanza los frutos de este sistema casero; para nosotros como padres que cada vez dedicamos menos tiempo a nuestros hijos bajo el lema de ‘tiempo de calidad’; y para los que queremos formar un verdadero principio de individuación. “Nunca sentí que me hiciera falta nada, tuve una infancia muy feliz, y no recuerdo haber pasado un mal día, y con eso es con lo que me quedo”, señala Isaac con esa mesura que le caracteriza.

Y aunque podríamos centrarnos en criticar a la educación que se imparte en el país, más bien debemos valorar la formación en la familia, que nadie puede sustituir. No es fácil un modelo como el platicado, pero así como Isaac Hernández desafía a la gravedad sobre el escenario, su caso de éxito como persona y bailarín, ha desafiado lo que hacemos o no en la escuela y lo que hacemos o dejamos de hacer en la familia.

Salvador Leaños

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