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COMUNICADO DEL RECTOR |AGOSTO 2019

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"El día que valoremos en su justa medida las aportaciones de las dos ramas que nos conforman, encontraremos lo que nos falta, nuestra otra mitad".

Los Ángeles, California a 1 de agosto de 2019

Estimada comunidad IEE:

No era francés, sino que nació en Ajaccio, Córcega, una isla del Mediterráneo, pero Francia se lo apropió. Y no era para menos, pues con sus aportaciones dejó a ese país como la primera potencia mundial de su época: triunfos militares, reformas legales, el urbanismo que hace de París una de las ciudades más grandiosas del mundo, los museos más completos y redituables de toda Europa. Sin embargo, tuvo que terminar su vida en el destierro debido a los enemigos políticos y militares que a lo largo de su exitosa carrera fue coleccionando; la guerra y las conquistas no son amables. Al final acabarán reconociendo su capacidad creadora, es decir, se le honra por lo bueno sin olvidar lo malo y no al revés. No tenía apellido ni cultura francesa, pero los franceses de las generaciones posteriores lo hicieron suyo sin importarles su origen: será para siempre francés y además es el símbolo principal de la grandeza y referente de victoria de aquel país. Su mausoleo es quizá el más impresionante del continente. Hablamos, claro está, de Napoléon Bonaparte.

Nosotros, en cambio, hemos juzgado a Hernán Cortés por lo malo sin reconocer en absoluto lo bueno, por eso este año que se cumplen 500 años del inicio de la Conquista de México (abril de 1519) leemos una serie de críticas y demás medios para denostar a quien, sin haber nacido aquí, conquistó con una hazaña poco verosímil y nos dio noción de país, que por aquellos tiempos no se tenía, eran una serie de pueblos siempre en guerra; el lenguaje, la urbanización que hizo de la Ciudad de México la de los palacios y de muchas más bellas ciudades coloniales, instituciones sólidas y un largo etcétera son su aportación. Sabemos lo bueno y lo malo que realizó, pero en sentido contrario que los franceses, nos empeñemos únicamente en lo malo.

 

Hay algo en nuestra forma de ser que se empeña en coleccionar agravios a lo largo de la historia para justificar nuestras omisiones, no importa que tengamos que ocultar la verdad o hasta fabricarnos mitos; desconfiamos del éxito, del hacedor de hazañas, del cimentador, porque nos sentimos más cómodos en la leyenda, en lo irreal. Lo que sea mientras no sea verdad.

Se convirtió en molesta nuestra herencia española pero también nos avergonzamos de la rama indígena que tenemos. Y de esta mentalidad colectiva han sacado provecho en el exterior, quienes tienen interés en debilitar lo español de América. Los enemigos de Francia saben que en todo ciudadano criado allí puede habitar un Napoleón. En nuestro caso se han asegurado que jamás pueda haber otro Cortés o nadie que tenga la madera de hacedor de hazañas; que nadie nunca despierte esa fuerza misteriosa que reside en lo más profundo del alma humana y la invita de manera permanente a ir más allá, a conquistar lo más alto.

¿Qué ganamos abriendo cada vez la presunta herida? ¿Piensan que en verdad los mexicanos llegaremos a desterrar del todo la herencia hispánica que es esencial en nuestra conformación nacional? ¿Por qué algunos mantienen y solapan este estado de cosas? El día que valoremos en su justa medida las aportaciones de las dos ramas que nos conforman, encontraremos lo que nos falta, nuestra otra mitad. Está claro que no podremos deshacernos de lo español en nuestra nacionalidad, que ocultarlo y despreciarlo nos hace más daño que bien, y que su valoración en la justa medida nos moverá de manera favorable esa mentalidad colectiva que tanto lo necesita; se trata de gastar las energías en algo más constructivo que quejarnos. No hay que suplicar respeto, hay que ganarlo con nuestros actos; exigirlo con el hacer.

Se trata de triunfar en lo pequeño e ir ascendiendo hasta las grandes conquistas. Podríamos practicar lo que la Oración de la Serenidad, esa que adoptaron los doble A, nos dice: ‘Dios concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las que sí puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia’; es un principio para pasar del juicio de las vísceras al del intelecto.

Salvador Leaños

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