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Comunicado del Rector

Agosto, 2022

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Un curioso pasaje del libro “País de un solo hombre: el México de Santa Anna” de González Pedrero, narra la anécdota de un paisano avecindado en la corte del rey de España, quien a la pregunta del monarca sobre qué estarían haciendo sus paisanos justo en ese momento contestó: “tirando cohetes, majestad”. Por la tarde del mismo día preguntó de nuevo el rey sobre las actividades de los mexicanos a esa hora; la respuesta fue la misma: “tirando cohetes”, y así también en la noche, es decir que los mexicanos estamos tirando cohetes todo el tiempo.

 
CDMX a 1 de agosto de 2022

Estimada comunidad IEE:

Un curioso pasaje del libro “País de un solo hombre: el México de Santa Anna” de González Pedrero, narra la anécdota de un paisano avecindado en la corte del rey de España, quien a la pregunta del monarca sobre qué estarían haciendo sus paisanos justo en ese momento contestó: “tirando cohetes, majestad”. Por la tarde del mismo día preguntó de nuevo el rey sobre las actividades de los mexicanos a esa hora; la respuesta fue la misma: “tirando cohetes”, y así también en la noche, es decir que los mexicanos estamos tirando cohetes todo el tiempo.

En el maravilloso texto de Francis Erskine, alias Madame Calderón del Barca, que lleva por título “La vida en México” y que es una compilación de cartas que la esposa del embajador plenipotenciario de España en México (Ángel Calderón de la Barca) envió a sus familiares, hay un fragmento que merece ser citado textualmente: “Hay en México multitud de gritos callejeros que comienzan al amanecer y no concluyen sino por la noche (…) Al amanecer os despierta el penetrante y lamentable grito del carbonero: “¿Carbón, señor?”, el cual, según la manera como se le pronuncia, suena más bien: “carbónsiú”. Luego, canta el mantequillero: “Mantequilla, ¡mantequilla a real y medio! -“cocina buena, cocina buena” interrumpe el carnicero con áspera voz. “¿Hay sebo-?o-?o-?o?” Esta es la prolongada y melancólica nota de la mujer que compra desperdicios de cocina, y que se para delante de la puerta. En seguida pasa por enfrente la cambista, especie de india comerciante dedicada a los trueques, la cual canta: “¡Tejocotes por venas de chile!”, ofreciendo de esa suerte una fruta pequeña, en cambio de pimientos picantes. (…) Uno que parece buhonero ambulante entona el agudo tiple del grito indio. Le grita al público, para que le compren agujas, alfileres, dedales, botones de camisa, cintas, bolas de hilo, algodón, espejitos, cuanto hay.”

Ese México no ha cambiado, en nuestros días tenemos la camioneta que va desparramando esa inconfundible voz femenina medio infantil: “se cooompran, colchooones, tambooores, refrigeradooores, estuuufas, lavadoooras, microondas, o algo de fierro viejo que vendaaaan”; el camión de la basura que llega sonando cumbia a todo volumen a las 6 de la mañana; el claxon del triciclo de pan; los infaltables “tamaaales oaxaqueeeños calientiiitos” que en su última ronda pasan a las 11 de la noche, los cohetes que seguimos tirando a la menor provocación. Eso además de la música el fin de semana, el ruido del tráfico, los perros de los vecinos, entre otros.

La tesis de ingeniería que presentó en el Instituto Politécnico Nacional Salvador Alejandro Ruiz Cervantes y que lleva por titulo “El contaminante olvidado: el ruido”, concluye que el exceso de decibeles disminuye la calidad de vida. En México el límite oficial de ruido es de 65 decibeles (una ambulancia produce 140), el cual es rebasado con total impunidad. La inteligente e interesante investigación señala que en Grecia, 600 años antes de Cristo, los artesanos que hacían ruido con sus martillos debían instalar sus talleres fuera de la ciudad. Hoy día en países de Europa la contaminación auditiva se considera problema serio ya que provoca isquemia, trastornos cognitivos, alteración del sueño, irritación, fatiga, jaquecas y un largo etcétera.

En nuestro país no se puede hacer nada al respecto porque es parte de nuestra forma de ser, hacer ruido y atacar con él a los vecinos es condición indispensable para sentir nuestra nacionalidad. Lacerar los tímpanos con toda premeditación es orgullosamente parte de nuestra cultura aunque la academia diga lo contrario, demostrando el desencuentro que en ocasiones existe entre ambas. Pero la cultura cambia, debe adaptarse y en ocasiones sujetarse a las verdades académicas en aras de mejorarse a sí misma para que no dañe a nadie y nos ayude a superarnos, a despecho de quienes la ponen en una vitrina como intocable e inmutable. Hay quienes vieron en el océano una frontera inexpugnable mientras otros un medio para navegar hacia mejores horizontes; cuestión de cultura.

Salvador Leaños

 

- Salvador Leaños -


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