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Comunicado del Rector

Mayo, 2020

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Y si algo puede cambiarnos hacia lo positivo es, justamente, la literatura; son las bellas letras las que pueden unir lo más diverso.

 
Guadalajara, Jalisco a 1 de mayo de 2020

Estimada comunidad IEE:

En tiempos de confinamiento no sabes en qué día vives. Así nos pasaron las semanas Santa y Pascua y otros festejos casi desapercibidos incluido el Día Internacional de la Literatura (o del libro), lo cual es grave, pues como escribe Albert Camus en su novela ‘La Peste’ (1947): “La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso amistad…”, pero advierte que “después de todo, es demasiado tonto no vivir más que en la peste…”. Y si algo puede cambiarnos hacia lo positivo es, justamente, la literatura; son las bellas letras las que pueden unir lo más diverso.

En la infancia de mi generación corría una advertencia que causaba particular temor entre las familias y nos ponía alertas: la llegada de los húngaros, quienes se instalaban en carpas, proyectaban películas, pero también leían la mano y cometían hurtos diversos, así que siempre los veíamos con recelo y temor. Nunca supimos si en verdad venían de Hungría y de ser así, cómo habían llegado aquí, sólo sabíamos que eran muy diferentes a nosotros, como si vinieran de otra dimensión, de otro planeta.

Muchos años después llegó a mis manos un libro de un autor de quien sólo sabía su nacionalidad: húngaro. Y lo relegué algún tiempo por aquella reminiscencia infantil, hasta que con el beneficio de la duda abrí sus páginas con algo de hostilidad. El resultado fue maravilloso: pocas veces había leído en alguien esa capacidad de observación de la realidad y la sensibilidad para transmitirla junto con ideas y sentimientos a través de palabras exactas. Se llama Sándor Márai (1900-1989) y el libro ‘Confesiones de un burgués’, memorias que escribió apenas a los 34 años de edad con una madurez que impresiona.

Explica su forma de ser: “La personalidad, lo poco que tú mismo te añades, es una nimiedad en comparación con la herencia que los muertos te dejan. Personas que ni siquiera he llegado a conocer sobreviven en mí…”. También habla de él: “Tengo mala memoria y soy ingrato. A veces surge del caos alguna persona y a su alrededor los recuerdos cristalizan en hilachas como si fuesen algas, y tengo que sacarlos y dejarlos limpios porque están cubiertos de restos del pasado”. De sus esperanzas: “Me despertaba cada mañana con la certeza de que algo nuevo comenzaba para mí. No se trataba de un día festivo, pero tampoco de un día cualquiera”.

Y con la fuerza de las palabras describe las personalidades de su entorno: de su mamá como una “educadora de primera categoría. Sus sorprendentes asociaciones de ideas, su magnífico sentido del humor, el frescor de su alma, su infantilismo casi genial… despertaban simpatía y confianza en sus hijos”. Del tío nos dice que “en sus actividades, en su personalidad y en su manera de ser podía apreciarse una fuerza única, propia e inefable, esa característica típica de la expresión y la definición perfectas que ese hombre, ese ‘genio’ poseía”. El sacerdote “es un hombre sensible y su vida solitaria lo hace vulnerable, sabe percibir señales mucho más ocultas que las palabras, las miradas o los gestos, capta de forma instintiva el comportamiento interno del otro”. Una de sus amigas “era alta y flaca, estaba en los huesos, y en su rostro delgado sólo tenían vida sus ojos entusiasmados, unos ojos ennoblecidos por el miedo a la muerte y el amor a los vivos”, y de otra amistad dice que “en su persona, en sus palabras, en sus gestos, en todo lo que hacía se notaba una fuerza descomunal y trágica imposible de cambiar, una actitud intransigente, la tragedia del genio”.

Cualquiera de esas personas descritas vive entre nosotros. Entornos diferentes, mismas vidas. Quizá entonces los húngaros no sean tan distantes. O quizá es que hablamos de una nacionalidad que está por encima de los países: la de las letras; esos parentescos ocultos y misteriosos a los que habríamos de voltear justo en momentos de tanto miedo y desunión. El propio Márai lo resume ante la polémica del lugar de nacimiento de su colega Kafka: “No era alemán. Tampoco era checo. Era escritor, como todos los grandes autores de la literatura mundial”.

 

- Salvador Leaños -


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